Así educamos ahora

La educación en América Latina es una de las áreas más desatendidas. Los programas pedagógico en la mayorías de países latinoamericanos datan de muchos años atrás, y en el peor de los casos, es adaptado solamente con propósitos políticos.

Ni hablar de la educación en el núcleo del hogar, carente de conexión a causa de la tecnología, y deteriorado por la disgregación familiar; ya sea a causa del trabajo o la separación de los padres.

El primer ciclo de educación representa un mundo de esclavitud para los infantes. Aprenden materias, reciben reglas y además se les da tareas que deben realizar en sus hogares. Su contacto con el arte y la creatividad dependerá de las opciones según el lugar donde estudien, o de la iniciativa de sus profesores.

Pasar al segundo nivel escolar es entrar a un mundo de descubrimiento personal, de identidad. El adolescente se ve motivado a romper las reglas, y se apasiona por cosas peligrosas generalmente denominadas “prohibidas”. Hay una alta tasa de deserción escolar, principalmente ocasionada por dos factores: la necesidad de ingresos económicos, debiendo empezar a trabajar; o un embarazo en edad prematura.

Aquellos que logran finalizar sus estudios muy pronto se enfrentan a la batalla de encontrar una oportunidad laboral en la que desarrollen sus habilidades. La universidad les enseña teoría, pero no los prepara para el desafío de una vida productiva. En su mayoría, los jóvenes finalizan sus estudios con la idea de encontrar un trabajo, y no de generar empleos.
En esta etapa muchos jóvenes se frustran; terminan trabajando de lo que sea, ganando salarios por debajo del consumo promedio. En países donde esta dinámica se vive con mayor frecuencia, los jóvenes migran a otros lugares donde puedan tener mejores oportunidades laborales; provocando con ello separación de la familia y un cambio brusco de hábitos,  costumbres y hasta idiomas.

Los que logran quedarse satisfechos parecen haber sido entrenados para ver a las personas solamente como clientes. Todos corren su carrera queriendo ganar dinero en todo. Pareciera que tener éxito se traduce en tener dinero.

De pequeños se nos educó con el sistema de incentivos, y por ellos hemos desarrollado una mentalidad materialista. Con el incremento de divorcios y hogares disfuncionales, la tarea de educar fue reducida a pequeñas charlas breves que no van acompañadas del ejemplo, dejando que los niños fueran moldeados con los patrones culturales y sociales que aparecen en la televisión. No es de extrañarse ahora por qué tenemos una sociedad tan dependiente de los dispositivos móviles.

Observando cómo se comporta la gente en todas partes, podríamos llamar a ésta “la generación de la cabeza hacia abajo”. Sin embargo, si medimos los resultados del sistema educativo en términos de cálidas de vida, auto-realización y felicidad, esto solo se cumple en un reducido grupo de la sociedad.

Propongo un cambio en el sistema; romper el molde. Desde pequeños se nos enseña a ser adaptados, pero no se nos enseña a ser nosotros mismos. Este sistema en el que vivimos destruye lo que somos como sociedad, trata de enseñarnos a ser auto-suficientes, ignorando que somos lo que somos a causa de la participación de todos en el desarrollo, en un mecanismo que solo funciona si cada uno brinda su aporte único e indispensable.