Somos proactivos o reactivos?

La proactividad es la dinámica de vida en que se organizan y ejecutan las acciones que se requieren para alcanzar un propósito definido. Una persona proactiva no vive al azar, a lo que salga. Una persona proactiva vive intencionalmente, es decir, tiene claro para dónde va y lo que quiere alcanzar, y sus decisiones y acciones las dirige hacia ese fin.

Sin embargo, la enorme mayoría de personas, lejos de ser proactivas, son reactivas. Pasan la vida reaccionando a los eventos externos o circundantes. Vivir reaccionando hace que el propósito de vida sea puesto de lado.

Debe quedar claro que una cosa es atender imprevistos y otra es vivir reaccionando. Todo el tiempo pasan cosas inesperadas, pero eso no justifica hacer de lado los propósitos que nos motivan a alcanzar alguna meta.

Una persona con propósito despierta cada día pensando en cómo acercarse adonde quiere estar. Puede que durante el día surjan situaciones que deba priorizar y que no tengan nada que ver con sus planes: un neumático que se daña, un hijo que se enferma, una visita inesperada. Pero así pase tiempo significativo en algo inesperado, sabrá redirigir el curso de sus acciones hacia su propósito tan pronto como le sea posible.

Por otra parte, una persona sin propósito despierta cada mañana deseando que ese día sea mejor que el anterior, pero sin una dirección en específico. Su plan de acción es cumplir con la lista de cosas que hace todos los días: levantarse, bañarse, comer, hacer su trabajo, cumplir con sus responsabilidades. Al terminar su día lo evaluará en función de si cumplió o no con lo que tenía que hacer, es decir, en función del pasado.

Los proactivos ven el futuro que desean como una meta, los reactivos como una ilusión. Los proactivos enfrentan sus miedos, los reactivos ocultan sus miedos. Los proactivos pasan de los imprevistos hacia su propósito siempre que puedan, los reactivos hacen de los imprevistos su vida.

Podemos identificar si somos proactivos o reactivos según la forma en que invertimos el tiempo. Una planificación constante y realista puede hacer la diferencia entre una agenda con propósito y una vida reactiva. Para alcanzar esto se requiere llegar a un grado de consciencia superior, a un estado de alerta permanente.

Adoptar y adaptar la proactividad como estilo de vida no significa necesariamente que alcanzaremos todas las metas que nos propongamos. También puede significar la sustitución inteligente de una meta por otra que nos lleve a un propósito superior. Sea o no el caso, la proactividad es el único camino para alcanzar una mejor versión de nosotros mismos.

Si tienes libertad de organizar tu agenda en alguna medida, te insto a ser una persona proactiva. Considera los siguientes tres pasos para desarrollar una agenda proactiva:

  • Libera tiempo: La principal excusa ante la falta de productividad en el día a día generalmente es la falta de tiempo. Se requiere tiempo para planificar, para evaluar y para hacer. Es posible que no veas tiempo libre, pero está ahí. Una persona productiva tiene la misma cantidad de tiempo que una persona que no lo es. Debes reconocer que eres la única persona que administra tu tiempo. Identifica aquellas cosas que no son tan importantes y que consumen mucho de tu tiempo: ves mucha televisión, pasas mucho tiempo con el celular o en redes sociales, sostienes prolongadas conversaciones improductivas o con personas tóxicas, etc.
  • Organiza tus prioridades: El porcentaje más alto de cosas a las que reaccionamos son aquellas que pudimos evitar anticipadamente siendo diligentes. Postergar cosas importantes pero pequeñas, hará que tengamos una emergencia en cualquier momento. Esto se debe a la falta de definición y atención a la lista de prioridades. Podemos hacer la diferencia entre importante y urgente, pero la mayor parte del tiempo atendemos lo último y descuidamos lo primero. Define tus prioridades y procura que éstas sean atendidas adecuadamente.
  • Desarrolla buenos hábitos: Los hábitos son aquellas cosas que hacemos repetidamente con consistencia. Son actividades, modos de pensar y de actuar a las que nos acostumbramos. Puedes ser buenos y productivos o malos y perjudiciales. Cuando un hábito perjudica, se le considera vicio. Analiza tus hábitos y determina cuáles de ellos puedes sustituir por otros mejores. No puedes añadir más horas al día, pero puedes administrar mejor cómo inviertes cada momento. Dejar de ver por media hora televisión para leer un buen libro, salir a caminar o ejercitarte puede favorecerte. Son los pequeños cambios que puedes hacer los que te ayudarán a alcanzar grandes cambios. Los hábitos definen tu carácter. Considera cuáles hábitos te definen, y si tienes que hacer unos pequeños cambios, hazlos. Verás que vale la pena.
  • Cuando descuidamos el sentido de nuestra vida, el propósito por el cual existimos, terminamos dentro de una espiral sin fin de reacciones. No lo permitas. Al menos, después de haber leído este artículo, eres en algún grado más consciente de que solamente tú eres responsable de la plenitud de vida que puedes alcanzar. Esto dependerá de cómo vives ahora: reaccionando o actuando con propósito.

    Aprende a invertir

    La vida es una gran escuela, donde se espera que seamos buenos alumnos, porque de ello depende que la disfrutemos de verdad. El mayor disfrute de la vida no consiste, como muchos creen, en llegar a tener riquezas, fama o gloria, sino en encontrar deleite y felicidad en cada etapa, en cada oportunidad, en cada aprendizaje.

    Ya hemos conocido la frase “la felicidad no es la meta, sino el camino”, la cual contiene una profunda verdad que no todos alcanzan a entender y valorar. Y en torno a ello, en esta oportunidad hablamos de la importancia de saber invertir lo que uno tiene, tanto de cosas tangibles como intangibles. Esto es indispensable si se quiere disfrutar de una vida plena, sin importar las circunstancias.

    Aprende a invertir el tiempo

    Muchos dicen que el tiempo es oro, y si consideramos que en el sistema laboral a todo individuo se le recompensa por el tiempo que invierte trabajando para una empresa, entonces tiene sentido decir esto. Pero eso haría que sólo aquellos que reciben remuneración económica apliquen a esta afirmación. Sin embargo, el tiempo es más que oro; el tiempo es vida.

    Mientras existimos, se nos regala una oportunidad de vida, representada en los 86,400 segundos que tenemos cada día del calendario. No somos dueños del tiempo, pero somos administradores del tiempo que se nos da.

    El sabio rey Salomón afirmó con vehemencia: “Todo tiene su tiempo”. En la vida hay momento para todo, y eso depende de cómo invertimos nuestro tiempo. De niños no reconocemos el valor del tiempo; si era de día queríamos que fuera de noche, si era de noche queríamos que fuera de día. Cuando somos jóvenes creemos que tenemos todo el tiempo del mundo. De adultos corremos contra el tiempo. Y ya de ancianos se nos acaba el tiempo.

    Resulta imperativo que aprendamos más pronto que tarde la importancia del tiempo como el más valioso activo que tenemos, de lo contrario será un pasivo desperdiciado y devaluado. Como administradores del tiempo debemos establecer las prioridades del día, de las relaciones y de las emociones. Jugar a desperdiciar el tiempo es apostar y siempre perder.

    El tiempo es una de esas cosas en la vida que pasan y no vuelven más. Esta generación desperdicia su tiempo en cosas que no son útiles, y como resultado de ello vemos un creciente estado de insatisfacción, que degenera en echarle la culpa a otros de las oportunidades que se nos pasan de frente, por estar ocupados en cosas que no tienen valor.

    Cuando valoramos nuestro tiempo, valoramos también el tiempo de los demás, por consecuencia, mejoran nuestras relaciones interpersonales.

    Cuando administramos el tiempo encontramos tiempo aún para estar con los amigos, con la familia.

    Tiempo no siempre es dinero, trabajar menos horas extras para pasar tiempo con la familia dará mayor satisfacción que tener todas las cuentas pagadas.

    Invierte bien tu tiempo, considera que es un activo que sólo se invierte una vez, pero genera ganancias según cómo lo inviertas. Si pasas tu tiempo odiando y en amargura, te generará depresión y soledad. Si inviertes tu tiempo en diversiones y ocios, tarde o temprano te quedarás sin nada, sin amigos, sin oportunidades. Si usas tu tiempo para vivir la vida de otros, no tendrás tiempo para tu propia vida.

    Aprende a invertir el dinero

    El dinero no lo es todo, pero sirve para todo. El dinero es sinónimo de oportunidades. Cuando no se sabe invertir el poco dinero que se tiene, tampoco se sabrá invertir cuando sea mucho.

    Muchas personas creen que son pobres porque tienen poco dinero, porque viven endeudadas o porque no pueden comprarse lo que quieren. Pero la verdadera pobreza consiste en no valorar lo que se tiene. En realidad todos tenemos algo, todos poseemos algo de valor: a nosotros mismos. Somos insustituibles, somos pensantes, somos inteligentes, somos capaces.

    La frase “la necesidad es la madre de todas las ciencias” encierra las proezas alcanzadas por muchas personas en la historia de la humanidad, que alcanzaron grandes logros motivados por una necesidad, en todas las áreas del saber humano: medicina, tecnología, sociedad, etc.

    Grandes personalidades de todos los tiempos afirman que las mejores y más productivas ideas surgieron en el peor momentos de sus vidas, y como resultado de ello, emprendieron con lo que tenían, que era poco, para dar paso al comienzo de una gran historia y de una gran vida de abundancia. Aunque esto se dice en una sola línea de texto, para muchos de ellos representó años de trabajo.

    Por el contrario, vemos cómo muchos personajes alcanzan la fama, la gloria y el reconocimiento de sus atributos, traduciéndose en grandes cantidades de dinero que, mal invertidos, se convierte en una cárcel, una tumba o la peor bancarrota de sus vidas. Algunos logran salir de ese estado, aprendiendo las lecciones que ello deja; otros son dejados en el olvido o como moraleja de sus malas decisiones.

    El dinero puede ser nuestro mejor amigo, o nuestro peor enemigo; depende de cómo lo administremos. Los que tienen por meta hacer dinero son esclavos de él, pero los que aprenden a usar el dinero, hacen que el dinero trabaje para ellos.

    Se nos educa para ganar dinero, pero no se nos enseña a invertirlo bien, de modo que el dierno trabaje para nosotros, porque generalmente los que saben usar el dinero tienen el interés de que siga trabajando para ellos y no para los demás.

    Educar a la gente sobre cómo invertir el dinero es una tarea titánica que va en contra de la corriente. Lo normal es educar para ser trabajador y esforzado, para ganar un salario que luego gastamos pagando cuentas y comprar cosas que generan más gastos. El ciclo es fácil y muchos se conforman porque no les gusta asumir riesgos. Viviendo así se entiende que haya tal nivel de inconsciencia y desconocimiento de cómo invertir bien el dinero.

    Solemos gastar el dinero, y no lo invertimos. Es común que gastemos en cosas que no producen, como regalos inútiles que damos o que recibimos, arreglos que ponemos en casa según la temporada, celebraciones ostentosas que generan deudas, antojos gastronómicos adicionales, etc.

    Consideremos la necesidad de aprender una nueva cultura de administración del dinero: ahorrar en vez de gastar, comprar inteligentemente, considerar oportunidades de inversión, evitar las deudas. No se necesita llegar a tener mucho dinero para aprender a invertir, se aprende con lo poco para crecer, para preparar nuestra actitud y aptitud ante las inversiones de grandes proporciones.

    Aprende a invertir tu conocimiento y tus habilidades

    Todos tenemos algún grado de conocimiento en algo, algo que hacemos bien; pero muchos no le sacan provecho a este gran potencial. Generalmente las personas se conforman con el incentivo que otros puedan dar a las habilidades que desempeñan, pero eso no significa que ese incentivo sea su verdadero valor.

    Observando con detenimiento, nos daremos cuenta que hay muchas personas con habilidades extraordinarias que no ejecutan y están guardadas, con el anhelo de que cuando se jubilen o cuando hayan reunido suficiente diero para no depender del trabajo, se dedicarán de tiempo completo a ello, pero generalmente ese momento nunca llega. Se nos va la vida esperando el momento oportuno, sin darnos cuenta que la oportundad siempre estuvo allí, a una decisión de distancia.

    Cuando uno ama lo que hace deja de trabajar, porque ya no representa una carga pesada, sino un estilo de vida. Entonces no se dice que trabaja, sino que vive. Es necesario considerar aquello en lo que somos realmente buenos, buscar asesoría para hacer de eso una fuente de ingresos, un estilo de vida.

    No siempre se puede hacer lo que a uno le gusta, pero sí se puede aprender a amar lo que hacemos y valorarlo, de modo que ya no sea una carga; que nuestra reacción hacia ello no sea como un profundo duelo, sino como un constante “gracias”.

    Las cosas que sabemos no definen lo que somos, sino aquellas que hacemos. Desperdiciar nuestras habilidades o esperar y postergar la vida da como resultado insatisfacción, vacío y carencia de plenitud. El reto de vivir de verdad consiste en asumir el riesgo de vivir por elección y no siguiendo la corriente.

    Si tú no valoras lo que haces, llegará otro con visión y sagacidad, que tomará tu idea, y hasta tu propia fuerza, y la convertirá en dinero, de lo cual, si corres con suerte, te hará partícipe de un porcentaje de ello.

    Ya no estamos en el tiempo de las “cosas”, sino en el tiempo de las “ideas”. Tal es el caso que hay muchas buenas ideas patentadas y empaquetadas, porque quienes las tuvieron se encargaron de que otro no se las robara, pero no tuvieron el valor de hacerlas realidad. ¿Qué crees que es mejor: vivir para hacer realidad tu idea, aún a pesar de todos los posibles riesgos, o guardarla para no correr el riesgo de perder nada?

    No existe tal cosa como la “seguridad de las cosas” en la vida. De hecho, sí hay algo que tenemos seguro: la muerte, como el fin de nuestra existencia en el plano natural. Suponer que un salario, una relación o una jubilación representan un grado de seguridad deseable es vivir someramente, en otras palabras, apenas existir.

    Concluyo afirmando que este artículo puede resultar completamente irrelevante para los que han alcanzado un “status quo”, un grado de comodidad satisfactorio. O bien, una molestia para los que han intentado y fracaso. Pero los fracasos no son más que aprendizaje, recordando que la vida es una escuela, y que también los éxitos nos enseñan.

    Pero si llega a alguien que se detiene a pensar en cómo está invirtiendo su tiempo sin importar la edad que tenga, su dinero indistintamente del monto, o su potencial cualquiera que éste sea, para aquellos a los que alcance a motivar, habrá valido la pena. Me invierto en ellos para sacar lo mejor de ellos, aquello que está dentro, esa divina insatisfacción que les está inquietando a moverse del lugar en donde están para llegar adonde sueñan, para alcanzar sus metas.

    Esta vida es demasiado breve, es un suspiro. Sin importar lo que te hayan dicho, o incluso lo que creas, solamente tú eres responsable de cómo la vives, solamente tú decides cómo inviertes tu tiempo, tu dinero y tu talento. Aprende a invertir para vivir mejor.

    Así educamos ahora

    La educación en América Latina es una de las áreas más desatendidas. Los programas pedagógico en la mayorías de países latinoamericanos datan de muchos años atrás, y en el peor de los casos, es adaptado solamente con propósitos políticos.

    Ni hablar de la educación en el núcleo del hogar, carente de conexión a causa de la tecnología, y deteriorado por la disgregación familiar; ya sea a causa del trabajo o la separación de los padres.

    El primer ciclo de educación representa un mundo de esclavitud para los infantes. Aprenden materias, reciben reglas y además se les da tareas que deben realizar en sus hogares. Su contacto con el arte y la creatividad dependerá de las opciones según el lugar donde estudien, o de la iniciativa de sus profesores.

    Pasar al segundo nivel escolar es entrar a un mundo de descubrimiento personal, de identidad. El adolescente se ve motivado a romper las reglas, y se apasiona por cosas peligrosas generalmente denominadas “prohibidas”. Hay una alta tasa de deserción escolar, principalmente ocasionada por dos factores: la necesidad de ingresos económicos, debiendo empezar a trabajar; o un embarazo en edad prematura.

    Aquellos que logran finalizar sus estudios muy pronto se enfrentan a la batalla de encontrar una oportunidad laboral en la que desarrollen sus habilidades. La universidad les enseña teoría, pero no los prepara para el desafío de una vida productiva. En su mayoría, los jóvenes finalizan sus estudios con la idea de encontrar un trabajo, y no de generar empleos.

    En esta etapa muchos jóvenes se frustran; terminan trabajando de lo que sea, ganando salarios por debajo del consumo promedio. En países donde esta dinámica se vive con mayor frecuencia, los jóvenes migran a otros lugares donde puedan tener mejores oportunidades laborales; provocando con ello separación de la familia y un cambio brusco de hábitos,  costumbres y hasta idiomas.

    Los que logran quedarse satisfechos parecen haber sido entrenados para ver a las personas solamente como clientes. Todos corren su carrera queriendo ganar dinero en todo. Pareciera que tener éxito se traduce en tener dinero.

    De pequeños se nos educó con el sistema de incentivos, y por ello hemos desarrollado una mentalidad materialista. Con el incremento de divorcios y hogares disfuncionales, la tarea de educar fue reducida a pequeñas charlas breves que no van acompañadas del ejemplo, dejando que los niños fueran moldeados con los patrones culturales y sociales que aparecen en la televisión. No es de extrañarse ahora por qué tenemos una sociedad tan dependiente de los dispositivos móviles.

    Observando cómo se comporta la gente en todas partes, podríamos llamar a ésta “la generación de la cabeza hacia abajo”. Sin embargo, si medimos los resultados del sistema educativo en términos de cálidas de vida, auto-realización y felicidad, esto solo se cumple en un reducido grupo de la sociedad.

    Propongo un cambio en el sistema; romper el molde. Desde pequeños se nos enseña a ser adaptados, pero no se nos enseña a ser nosotros mismos. Este sistema en el que vivimos destruye lo que somos como sociedad, trata de enseñarnos a ser auto-suficientes, ignorando que somos lo que somos a causa de la participación de todos en el desarrollo, en un mecanismo que solo funciona si cada uno brinda su aporte único e indispensable.