El síndrome del viernes

¿Qué pasaría si todos los días fueran viernes? Alguno pensaría quizás que se acabaría el progreso, y los únicos que prosperarían serían los negocios relacionados al entretenimiento y la distracción. En realidad el tema del viernes por la noche es un estereotipo, y en muchos casos hasta un cliché.

“Hoy es viernes y el cuerpo lo sabe” es una frase recurrente de quienes practican la recreación con la perspectiva de desconectarse completamente de las responsabilidades laborales. Pero, ¿qué tan cierto es que el cuerpo lo sabe? ¿Acaso no es la mente la que se sugestiona, la que pide a gritos salir de la rutina del trabajo?

En realidad cada día de la semana tiene su estigma, para muchos el día de la semana tiene un gran significado, para otros es irrelevante. ¿En qué afecta que sea viernes o no para alguien que no tiene trabajo? ¿Y si tiene que ir a trabajar el sábado como parte de sus responsabilidades laborales, entonces el efecto de viernes se retrasa y se siente hasta el sábado?

¡Veamos! En algunas sociedades el primer día de la semana es el domingo, en otras es el lunes. Pero en cuanto a latino-américa, en general, aunque el domingo es el primer día en el calendario, el lunes es el primer día de trabajo. Por eso, lunes es sinónimo de mucho trabajo, de revisar lo que hizo falta la semana anterior, de atender los casos acumulados el fin de semana. Usted va a un banco en lunes, y a menos que no haya fecha de pago durante la semana, siempre el lunes es más concurrido.

En el caso del martes, se carga con un tabú creado por la frase popular “en día martes, ni te cases ni te embarques”. En relación al ambiente laboral, es sinónimo de rutina. Genera un ambiente pesado el hecho de saber que ni siquiera se ha llegado a la mitad de la semana, efecto que sí produce el miércoles. Éste día ya es más esperanzador. En algunos lugares se le denomina al miércoles el ombligo de la semana o el corazón de la semana.

Llegar a jueves es ya ir presentando resultados del trabajo. Es una buena oportunidad para evaluar la proyección del trabajo, y según el resultado, relajarse o reprogramarse para rendir satisfactoriamente en la semana. Ya las energías van bajando y el trabajo acumulado puede representar mucho estrés.

Pero el viernes generalmente produce un ambiente muy peculiar; por un lado la responsabilidad de entregar resultados antes de llegar al fin de semana, y por otro, los intercambios de ideas de todas las posibilidades de entretenimiento durante el fin de semana: el partido de football, una salida amistosa, la visita a un familiar, el bautizo del sobrino, la ida al cine, etc. No pueden faltar también la lista de pendientes que no pudieron hacerse durante la semana: hacer la jardinería, comprar la despensa, llevar la mascota al veterinario, entre muchas otras actividades y responsabilidades domésticas.

Si usted trabaja medio día el sábado se dará cuenta que no es muy productivo. Las empresas y compañías que contratan personal a quienes hacen llegar el sábado por medio día de trabajo (cuatro horas), deberían hacer un estudio de productividad y valorar la posibilidad de añadir una hora más de trabajo de lunes a jueves en vez de trabajar el sábado. Con ello se logran dos efectos: el primero es que el viernes se hace una jornada corta de trabajo, (al menos así se sentiría) porque se trabajaría una hora menos en relación a los días anteriores, y el segundo es que sus trabajadores tendrían realmente dos días completos para disfrutar de sus vidas, familias, entretenimiento, quehaceres y lo que se les antoje.

No todas las empresas pueden aplicar esta dinámica, o no todos los tipos de trabajo, pero hay una verdad que va más allá de cómo se definan las reglas de trabajo en una empresa: “debes amar lo que haces, es la única forma en que realmente lo disfrutes”.

La visión del síndrome del viernes viene de ver el trabajo como un sacrificio, y sentirse esclavo por cumplir responsabilidades de lunes a viernes, o incluso sábado. Es la visión de trabajar por una remuneración, por un salario, y de paso, ignorar todo lo demás que se tiene en un trabajo: experiencia, amistad, crecimiento profesional, desarrollo, etc. Si la mentalidad sobre el trabajo cambiara, la gente empezaría a disfrutar los lunes, los martes y todos los días de la semana.

¡Seamos realistas! En nuestra sociedad es una falsa creencia que todas las personas usan el viernes por la noche para ir a fiestas y disfrutar de la “vida loca”. Al menos, no es el caso de la mayoría. Por ejemplo, un joven que estudia y trabaja, debe invertir todo el tiempo posible que le quede después de sus responsabilidades laborales en atender sus responsabilidades académicas. Si una persona tiene familia, especialmente bebés, ¡Vaya qué rollo!, cuidar a un bebé no da lugar a muchas fiestas, a menos que éstas sean con los juguetes y los pañales.

Acabemos con el mito, el síndrome del viernes está asociado a una visión desvirtuada del trabajo, a una visión de esclavismo que posiblemente arrastramos desde tiempos de la conquista. No somos esclavos del trabajo, a menos que se lo permitamos. En realidad el trabajo es una oportunidad que produce ciertas cosas, evaluemos esos beneficios y aprendamos a disfrutar cada día, con o sin trabajo, con o sin descanso.

Sea una persona planificada, y le alcanzará tiempo para todo, aún para el entretenimiento, aunque no sea viernes, ni sábado. ¡Disfrute cada día!

Así educamos ahora

La educación en América Latina es una de las áreas más desatendidas. Los programas pedagógico en la mayorías de países latinoamericanos datan de muchos años atrás, y en el peor de los casos, es adaptado solamente con propósitos políticos.

Ni hablar de la educación en el núcleo del hogar, carente de conexión a causa de la tecnología, y deteriorado por la disgregación familiar; ya sea a causa del trabajo o la separación de los padres.

El primer ciclo de educación representa un mundo de esclavitud para los infantes. Aprenden materias, reciben reglas y además se les da tareas que deben realizar en sus hogares. Su contacto con el arte y la creatividad dependerá de las opciones según el lugar donde estudien, o de la iniciativa de sus profesores.

Pasar al segundo nivel escolar es entrar a un mundo de descubrimiento personal, de identidad. El adolescente se ve motivado a romper las reglas, y se apasiona por cosas peligrosas generalmente denominadas “prohibidas”. Hay una alta tasa de deserción escolar, principalmente ocasionada por dos factores: la necesidad de ingresos económicos, debiendo empezar a trabajar; o un embarazo en edad prematura.

Aquellos que logran finalizar sus estudios muy pronto se enfrentan a la batalla de encontrar una oportunidad laboral en la que desarrollen sus habilidades. La universidad les enseña teoría, pero no los prepara para el desafío de una vida productiva. En su mayoría, los jóvenes finalizan sus estudios con la idea de encontrar un trabajo, y no de generar empleos.

En esta etapa muchos jóvenes se frustran; terminan trabajando de lo que sea, ganando salarios por debajo del consumo promedio. En países donde esta dinámica se vive con mayor frecuencia, los jóvenes migran a otros lugares donde puedan tener mejores oportunidades laborales; provocando con ello separación de la familia y un cambio brusco de hábitos,  costumbres y hasta idiomas.

Los que logran quedarse satisfechos parecen haber sido entrenados para ver a las personas solamente como clientes. Todos corren su carrera queriendo ganar dinero en todo. Pareciera que tener éxito se traduce en tener dinero.

De pequeños se nos educó con el sistema de incentivos, y por ello hemos desarrollado una mentalidad materialista. Con el incremento de divorcios y hogares disfuncionales, la tarea de educar fue reducida a pequeñas charlas breves que no van acompañadas del ejemplo, dejando que los niños fueran moldeados con los patrones culturales y sociales que aparecen en la televisión. No es de extrañarse ahora por qué tenemos una sociedad tan dependiente de los dispositivos móviles.

Observando cómo se comporta la gente en todas partes, podríamos llamar a ésta “la generación de la cabeza hacia abajo”. Sin embargo, si medimos los resultados del sistema educativo en términos de cálidas de vida, auto-realización y felicidad, esto solo se cumple en un reducido grupo de la sociedad.

Propongo un cambio en el sistema; romper el molde. Desde pequeños se nos enseña a ser adaptados, pero no se nos enseña a ser nosotros mismos. Este sistema en el que vivimos destruye lo que somos como sociedad, trata de enseñarnos a ser auto-suficientes, ignorando que somos lo que somos a causa de la participación de todos en el desarrollo, en un mecanismo que solo funciona si cada uno brinda su aporte único e indispensable.